viernes, 1 de febrero de 2013

‎"El jardín de Afrodita”.



El sitio donde todo empezó estaba junto al mar, era un edificio construído en los años postreros a la década de los cincuenta y había devenido en albergue estudiantil desde los primeros años de la era revolucionaria. Andar por sus proximidades tenía su riesgo ya que los estudiantes acostumbraban a aventar desde los pisos altos, todo tipo de porquerías, especialmente amparados por la oscuridad de la noche. El lugar no obstante su mala fama, acogía en uno de los pisos bajos un salón, donde a media luz y con el pretexto de la cultura nacional, junto a un trago vendido de manera clandestina por una mano anónima ,se reunían creadores y diletantes. Ese día acudí al sitio como todos los últimos viernes de cada mes para leer mis poemas y encontrar en aquel lugar, una compañía femenina que me sacase del tedio.
Allí a la otomana, reclinados sobre cojines, desplegados en una alfombra que hacía mucho había visto pasar sus mejores días y a la que la piadosa media luz ocultaba manchas y mataduras, me dedicaba a la caza de una presa que me alegrara las noches.
Era mi compañero de correrías Freddy, quien como casi todos los dias , nada más soltaba sus pinceles, se iba a mi casa para incitarme a la recolección de las flores del jardín de Afrodita.

Aquel día llegó un poco temprano pero con su sonrisa de siempre, nada indicaba que aquel sería un día diferente .

-¿Sabes lo que es esto?- Preguntó poniendo ante mis ojos una pequeña fruta verde cubierta de un sinnúmero de espinas del mismo color.

-Oye, no tengo ni idea de qué rayos es eso.

-Estás viendo el vehículo de los dioses del Caribe.

-Déjate de frases rimbombantes, -Dije- para mí eso parece una guanábana enana.

-No chico, -Dijo. -es campana.

Miré con curiosidad el pequeño fruto. Había escuchado de aquella planta, era un potente alucinógeno.
Recordaba que casi siempre estaba vinculado a visiones desagradables.

-Así que esta es la famosa campana, siempre pensé que era una flor.

-Y lo es, sólo que esta es la vaina donde están las semillas.

-¿Y hace el mismo efecto de las flores?

-Sí y tal vez más, pero no es eso de lo que quería hablarte. ¿Sabes que para los indígenas del Caribe

todas las cosas tenían su espíritu propio?

-Sí, lo sé, eran animistas.

-Pero lo que tú no sabes es que los Behíques consumían esta semilla y salían al monte...

-Oye en aquella época todo era monte compadre.-le dije en tono de chaza.

-Entonces los árboles, las piedras, los ríos les hablaban.

-No digo yo -le interrumpí- así te da un discurso hasta una caja de fósforos.-me miro y prosiguió impertusbable:

-Sí, pero para ellos lo importante no era quién o qué lo decía, sino lo que se decía, porque le daba la solución a sus problemas.

-¿Y tú crees que eso resolverá tus problemas o los de este país?

-¿Quién sabe? Tal vez.

-Sí ya sé, si por tí fuera anduviéramos todos en cueros y drogados.

-Bueno, con los calores que se manda esta tierra...

-Sí, Cuba es un eterno verano. Eso sería para tí la justificcación perfecta.

-No chico en serio, mira esto- dijo partiendo la corteza de la fruta.

Lo que vi me llamó vivamente la atención. Alineadas muy juntas simulaban un pequeño cerebro con sus laberínticas circunvoluciones.

-Qué curioso verdad? Parece un cerebro -dijo anticipándose a mis palabras.

Entonces, presionando con el pulgar y el índice, desmenuzó aquel remedo de encéfalo que se convirtió en un puñado de semillas parecidas a las del tomate y las puso sobre la pequeña mesa dividiéndolas en dos porciones.

-A que no te atreves -dijo mirándome a los ojos mientras se metía uno de los puñados a la boca.

Me quedé viéndolo como alucinado. En sus labios se podían ver algunas semillas.

-Eres un pendejo- me dijo tomando un trago de la botella que compramos al llegar.

Lo que dijo me molestó y tomando el otro puñado, me lo tragué sin más. Habíamos llegado demasiado temprano, con gesto grandilocuente Freddy sacó de su mochila un pequeño juego de ajedrez de bolsillo hecho de nácar y ébano y lo colocó sobre la mesa.

-Veamos cómo funciona esto. -Dijo tocándose la sien con un dedo y dando dos sugestivos golpecitos.

Comprendiendo su idea lo ayudé a colocar las figuras.

Freddy era un maestro de las aperturas, con un buen medio juego y pronto ganó ventaja. No obstante yo confiaba en mejorar hacia los finales, que siempre habían sido mi fuerte. Por eso lo forzaba a frecuentes cambios para simplificar el juego. Pero algo me estaba pasando esta vez y me impedía concentrarme.
Me costaba un mundo mantener en mi mente la secuencia de las jugadas. No duró mucho, mi amigo derribó las fichas con mano torpe mientras me decía:

-Ahora no puedo jugar, estoy muy disperso.

-A mí ni me preguntes. -Dije mirando el reloj y me detuve, allí donde debían estar los dígitos estaba totalmente en blanco y el marco del reloj, usualmente gris, ostentaba un color azul levemente fosforecente y sin embargo, era el mismo de siempre.

Lo miré extrañado, mi primera impresión fue que se había descompuesto; pero no, eso no explicaba el cambio del color.

Miré a mi amigo a los ojos, sus pupilas estaban enormenmente dilatadas. Intenté tragar en seco, pero no pude. La aridez de todos los desiertos del mundo parecía, haberse trasladado a mi garganta.

-Salgamos afuera -le dije- necesito salir.

-Yo también - me contestó. Esto ya está haciendo efecto.

Salimos a la terraza, empezaba a anochecer sobre el mar. El sol parecía derretirse sobre el agua en unos resplandores vivísimos donde se mezclaban el naranja, el púrpura y el dorado. Mi amigo comenzó a caminar de un lado a otro con la angustia de un león enjaulado. Yo empezaba a sentir una enloquecedora comezón por todo el cuerpo. Intenté calmar el escozor, pero me detuve, no sentía la piel y me golpeó la certeza de que insistir podría hacerme daño. Me invadió una sensación de poder increíble, bajo aquel estado me sentía capaz de hacer cualquier cosa. La energía emanaba de mí y hacia mí con una fuerza que me estrujaba y por vez primera, me sentí en peligro y asustado. Traté de oponerme con todas las fuerzas de mi mente. Así transcurrió un rato, hasta que empecé a calmarme.
Entonces fue que las ví, estaban sentadas al final de la terraza y miraban en nuestra dirección. Dí un codazo a Freddy para atraer su atención, pero me dí cuenta que ya él las había visto y estaba un poco menos que alelado. Las dos chicas eran realmente hermosas, pero de una belleza diferente a la del resto de las que se
encontraban en el sitio y entre ellas eran como la noche y el día. Eso sí, una encantadora noche y un resplandeciente día. Nos acercamos como escualos a las víctimas, la pelirroja comenzó a reír de una manera contagiosa. La miré a los ojos, eran de un verde esmeralda profundo con una chispa traviesa danzando en sus pupilas, tan dilatadas como las mías. Su cabellera rizada era de un color casi ígneo.

-Me llamo Moria. -y sin más, plantó su boca de manzana en mis labios sorprendidos y sedientos. Su cuerpo se apretó febril contra el mío, instintivamente la estreché y ella me correspondió como si quisiera fundirse en un solo ser.

-Yo soy Hela. -Dijo su amiga y después de un frío beso en mi mejilla, puso toda su atención en Freddy.

Blanca como la luna, tenía una belleza serena; pero irresistible. Mi amigo y yo nos miramos y decidimos en ese mismo instante que ya no teníamos nada más que hacer en aquel lugar. Salimos a la calle, la avenida estaba desierta.

-¿Sabes? -Dijo la trigueña- Esta calle es toda una alegoría a la existencia, nace en el mar y termina en la tumba.

Era cierto, al final de la calle estaba la entrada del cementerio de Colón.

-Sí, pero nosotros no vamos tan lejos.

-¿Quién sabe? -respondió.

-Ay Hela, no te pongas tan filosófica, sólo diviértete. -Intervino Moria dando de repente una vuelta de campana con una flexibilidad asombrosa.

-Sí, me divierto Moria, me divierto.

-Oye! -Dije dirigiéndome a la pelirroja mientras la traía de nuevo hacia mí. -Ven acá loquita.

-¿Qué, ya me reconociste?

-No te preocupes, para mí la gente cuerda es demasiado aburrida.

-Cierto y si no, que le pregunten a Erasmo de Rotterdam en su “Elogio de la locura”. - Intervino Freddy.

-¡Me encanta ese libro! -Palmoteó Moria.

-Sí. Hay que reconocer la parte que tiene la locura en la vida humana, es como la sal. -Dije.

-¿Y la vida. Cuál es su objetivo? -Preguntó Freddy.

-Morir. -Afirmó Hela.

-¡No! - Dijo Moria.- La vida es una locura.- Y rompió a reír con su risa contagiosa y yo reí con ella. Su

amiga la miró y sonrió.

Llegamos a casa de Freddy, se encontraba sólo a unas calles, más próxima del mar que del cementerio.

Subimos a la buhardilla en que vivía. La escalera era estrecha, lo cual nos hacía ascender como en filia india. Llegamos a la puerta, desde la cual una figura del Quijote, pintada en blanco y negro, nos miraba con expresión de tristeza. El lugar hacía las veces de casa y estudio, los lienzos estaban por doquier y había tubos y pomos de pintura en casi cualquier sitio.
El aroma de los óleos y diluentes lo impregnaban todo. Nada más entrar, Moria saltó sobre mí. Con actitud de pantera hambrienta comenzó a arrancarme las ropas a lo que correspondí lo mejor que pude, aunque en aquel momento sentí que no era yo el
depredador. Yo nunca la poseería, era ella quien lo haría. Tenía un cuerpo de ensueño, como para volverse loco. Con unos zarpazos nos desnudamos y besamos en un vértigo ascendente hasta el último rincón de nuestros cuerpos ardientes y temblorosos. Su boca buscó mi sexo magnificado por la lujuria, al tiempo que yo sentía el sabor del suyo y recogía sus estremecimientos de placer.
Fue sexo violento, casi animal; pero era ella quien mantenía la iniciativa. Me sentí como una doncella violada por un señor feudal, era la versión femenina de un sátiro. Agotado y esquilmado, aprovechando que después de consumado el acto ella había salido a la azotea para sentir la caricia del viento sobre su cuerpo desnudo, me vestí y dando traspiés busqué la puerta.
Al pasar frente al cuarto de Freddy me detuve y miré, la puerta estaba entreabierta y mi amigo a medio vestir, acostado en la cama. Hela de pie, totalmente desnuda relumbraba como un lirio bajo la luz de la luna, quitándole las ropas a mi amigo, como si ejecutase un antiguo ritual. Había encendido unas velas, lo que daba a la habitación una atmósfera irreal. Su piel resplandecía en la penumbra, era de una belleza avasalladora y definitiva. Miró hacia la puerta y sonrió; pero no se inmutó sabedora de todo su poder. Tomó una vela y lentamente derramó su esperma sobre el cuerpo de mi amigo que la miraba como hipnotizado. Volvió a dejar la vela sobre la mesa y se dirigió a la puerta donde yo observaba petrificado.suavemente me besó en los labios y mirándome a los ojos dijo:

-Un día nos veremos y cerró la puerta. Sus ojos eran de un negro tenebroso como un abismo sin fondo,

al mirarlos sentí un frío que me invadía aterrorizándome.

En eso entró Moria diciendo:

-No te ví más.

-Lo siento Moria, tengo que irme.- Besé apresuradamente sus labios de manzana una vez más y bajé las escaleras a escape con la poca razón que me quedaba.

-Desperté al día siguiente con una extraña sensación oprimiéndome el pecho. Me vestí con premura y

casi literalmente corrí a casa de Freddy, la puerta estaba entreabierta y un silencio pesado como plomo invadía la modesta morada de mi amigo Lo encontré sobre la cama con los ojos abiertos; pero esos ojos miraban sin ver, estaba muerto.

Ese fue el día en que me internaron y no sé cuánto tiempo ha pasado desde entonces.
-Doctor, en la investigación los vecinos atestiguaron que nunca hubo nadie con nosotros y la policía determinó que Freddy murió víctima de una sobredosis; pero yo sé que Hela va a venir por mí.-El doctor Pérez miró a su paciente, desde que había llegado al hospital los delirios no habían cedido ,siempre la misma historia repitiéndose, la misma idea fija alimentando la paranoia de aquel hombre.

-Tranquilo, usted está seguro aquí, nadie puede hacerle daño –intentó tranquilizarlo sonriéndole. Desde la cama el enfermo le respondió con una tímida sonrisa de agradecimiento.
Salió de la habitación, tomó la tablilla y escribió la nueva medicación. La colgó en la puerta y echó a andar por el pasillo,repentinamente levantó la vista, una mujer caminaba por el pasillo con ese aire que tienen las féminas cuando se saben irresistibles, avanzaba sin prisas, una blancura casi lunar se podría decir que la
iluminaba, el médico se quedo petrificado viéndola mientras se acercaba con su paso calmo y su andar felino. Los tacones resonaban como un tambor en una ejecución medieval con un eco que se multiplicaba sobre un absoluto silencio. Cuando llegó a su lado se detuvo, sus ojos eran negros como un pozo sin fondo. Sintió una mano suave como la seda acariciándole el rostro sobre su mejilla y una voz aún más dulce que le decía:
-Un día nos veremos, y siguió andando hacia la puerta cerrada.